domingo, 17 de marzo de 2013


El Cuerpo
Editorial ARGOS, septiembre del 2000                              



Gonzalo Vaca Narvaja




A mi padre desaparecido por la dictadura



  


Con un fuego intangible
y nuestro
el corazón se consume
en el recuerdo
de una vieja herida







Mientras el viento ha torcido la rama
nadie ve
el lento hundimiento de la acera
en el rostro
de un niño que llora.





 Cierta vez, en una pieza contigua, 
mi padre confesó
que le temía al dolor.

Se lo llevaron en Marzo.

Creo que vivió hasta junio.

No puedo superar el infierno de pensar
que sufrió la encarnación humana,
de su mas temido miedo.





Bajo la copa
la mora derrama colores
en secretos racimos.
Hay moscas y abejas
y un pino altanero
de corteza lacerada
que sacude su punta.









Sólo mis recuerdos habitan a esta hora.







Una galería con arcadas
se dibuja
custodiando
una casa grande.


Están cerradas sus puertas
bajadas las persianas
y hay bajo los faroles negros
negras hojas e insectos muertos.




  

De vez en cuando el hombre
pasea su mano por la frente
organizando sus cabellos.


Se lo ve cansado
sin sangre
agonizando.







Mas allá de esta superficie
hay sed,
polvo
y más silencio.







Duelen los aromas viejos,
los rincones vacíos,
la fragilidad de las flores
duelen.






  

El hombre es el cuerpo.







Tras su espalda
un aljibe sevillano
permanece inmutable,
como un vaso de piedra.








Sobre la calle de tierra
el polvo se pasea solitario.






  

Sin saber de la espera
el  hombre pasea su mirada hacia arriba.










Apenas cerrado el cielo
hay gotas que se hunden en mi pecho
hasta ahogarlo.






  
Sólo el rumor del agua
ágil,
rápida,
sacude la modorra de la tarde
que se escapa.




  

  


Mi Padre sigue esperando
su memoria
de carne, huesos y lágrimas.


Yo, el desquite final
y mi alarido.





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