sábado, 24 de febrero de 2018

Hilos



I
Con el cuerpo de un águila en la espesura del cielo. Mis pasos en la noche. Mis pies latiendo bajo la superficie con voces dormidas en el recuerdo. Así mis primeros pasos. La lupa en los intersticios, en lo conocido del si me acuerdo.
Sobre mi la noche, las caricias y marcas de un amor escrito en la piel. Por lo demás desnudo. Tibio. Casi inocente; de esa manera camino entre los hombres y las mujeres. Apenas un roce del cuerpo y las preguntas. Un segundo apenas. Una puerta chirriante en medio de la nada.  Gotas en el suelo.
El hartazgo del universo, una ecuación que lo engulle todo hasta el cero coeficiente del aire que me impulsa detrás de toda puerta que esté dispuesta a abrirse y que no sea la expresión del sarcasmo carcelario. Allí me detengo y río con mi boca de cráter, de bomba y de guerra, engullendo el gesto último, la parálisis del asesino consumido en su propio invento, justificación o argumento genocida. 

Sobre las tórridas tardes del verano, inoculo venenos a las ratas y me río satisfecho de matar con palabras a todo insecto que se precie superior a un árbol.


II
Los muertos no cuentan. Nada queda. La vida es un torrente poderoso que lo engulle todo de manera voraz. Nada se detiene ni nada la detiene, tal es la lógica hambrienta y firme con la que arremete. Es vida. Solo eso. Nada hay fuera de ella. Sin otro valor que el movimiento, sin otra ética que el recorrido.

Nuestra historia la cuestiona desde el recuerdo. Los muertos son en la memoria mientras esta memoria exista y sobreviva. Si alguien aún pronuncia tu nombre ya ausente, hay una pausa, una cierta quietud ante el vértigo. Un intersticio de amor que detiene y cuestiona.

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