sábado, 15 de junio de 2013

"Tiresias",del libro VOCES DE OTRA ORILLA, Año 1996.

Tiresias

A Soledad Díaz



El médico se dirigió a él.
-Bien – dijo, la operación ha sido un éxito. Sin embargo usted ha quedado ciego.
No puede ser, dijo el hombre contrariado, si puedo verlo.
-Eso es imposible, dio el médico. Imposible. Recapacitó tal y como lo decían los manuales sobre shocks y preguntó acerca del color de la corbata que llevaba puesta.
El hombre respiró profundamente y luego de describirla en forma pormenorizada, continuó con sus pantalones, sin obviar sus prendas íntimas y hasta sus más oscuros pensamientos.
Luego de esto el médico guardó silencio.
-No puede ser, dijo suspirando y abatido, al tiempo que revisaba los ojos del hombre con una pequeña linterna que extrajo de su delantal.
-Es imposible. Imposible.
El paciente, más seguro de si mismo, describió el ambiente que lo rodeaba.
-Este es un caso único, dijo el médico. Único.
Cuando lo llevaba a su consultorio se deshizo de la mano del médico que lo conducía dándole a entender que podía solo.
-La puerta está con llave, dijo al médico frente a su consultorio. La tiene María, que ya está entrando por el pasillo con otra paciente.
-Disculpe, dijo María por detrás del médico, me puse la llave en el bolsillo sin querer. ¿Le pasa algo?...
-No, nada, nada.
-Va a llover, dijo el hombre. Una extraña tormenta se avecina. Es mejor que cambie de lugar el auto.
-¿Mi auto?, preguntó el  médico.
-Si, el suyo.
María miraba perpleja la situación. No entendía lo que pasaba, aunque adivinaba de gravedad.
-Deje que entre a la habitación, yo ya regreso…
Cuando el hombre se hubo sentado, María se dirigió a él preguntando.
Con una sonrisa en la boca el hombre le a contó la historia de Tiresias. Ella entendía menos.
-Bueno, interrumpió, no debe avergonzarse de amar al médico, es un buen hombre.
¿Cómo se atreve?, dijo ella enfurecida. ¿Se da cuenta? Agregó dirigiéndose a la paciente que estaba al lado suyo.
¿Se da cuenta?
-Van a tener un hijo hermoso, continuó como si no hubiese escuchado nada de lo dicho anteriormente…y lo llamarán Manuel.
María se sentó con las manos en la cara y lloró dulcemente.
-¿Usted no diga nada!, se anticipó el hombre al ver que la otra mujer se disponía a intervenir. Debería darle vergüenza hacerse la enferma para llamar la atención de su propia familia. La mujer comenzó a gritar en lo que parecía ser el comienzo de un ataque de histeria.
-Grosero, mal educado ¿quién le ha dado permiso para meterse en mi vida?
-Usted, señora, usted me lo está pidiendo a gritos.
-Gracias, entró el médico…
Cambié el auto de lugar e inmediatamente el viento cambió y se desató una tormenta que derribó un poste de luz…Pero ¿qué pasa?
-Nada, doctor, nada
-Es su hijo, contestó el hombre.
-¿Hijo?
-Sí, el suyo.
El médico volvía a empalidecer, buscaba con sus ojos el rostro de María que lo esquivaba.
El hombre se levantó de su asiento e hizo que el médico se sentara en su lugar. Se encaminó a la puerta y se volvió.
-No se preocupe, van a ser muy felices con Manuel. Por cierto, agregó, yo también me llamo Manuel.
María alzó los ojos.
El hombre cerró la puerta y se perdió en la languidez de los pasillos de la Clínica….


Gonzalo Vaca Narvaja



lunes, 3 de junio de 2013

Relatos cortos,del libro "Nunca es tarde y otros relatos" Año 2010.

Astronautas



El viejo Loockman es sabio. Se fue de su casa a los 16 años. Anduvo por el mundo como un naúfrago y se dedicó a estafar gente y ganar dinero.
Cuando compró aquella nave, los constructores no le dijeron que servía  sólo para un viaje. 
El espacio es desolador a la hora del noticiero.


La tarea de un genocida



Nada en la vida le ha llevado tanto tiempo. Fueron años y años de pequeñas y grandes repeticiones, con la resignación de quien conoce su destino.
En ese tiempo humano anterior a la eternidad que le confería otorgar dolores a otros, sobrevino uno, que no había sido previsto: el conocimiento de las víctimas, el penoso rostro de las familias que iban y venían sin cesar en busca de sus familiares; y aunque gozase de la libertad que confiere el mundo a los asesinos, su vida conforme pasaba el tiempo, se tornaba penosa, e invadida por una infinidad de rostros, a los cuales él les había dibujado para siempre la expresividad del ultimo dolor y la última imagen.
Comprendió aquella frase que le inculcaran en la base de EEUU “el conocimiento provoca dolor”.
Su cuerpo día a día asumía una postura pesada, obligándolo a doblar el espinazo, como si estuviera buscando algo bajo sus pies. No dormía, tampoco comía  y en sus ojos, aquella primera melancolía se había transformado en una furia  descontrolada.
Hablaba con la mesa a quien le propiciaba descargas eléctricas sucesivas. Permanecía en guerra con todos los objetos de la casa.
El azar y el destino nunca luchan entre sí. Son palabras hermanadas que el hombre no alcanza a entender. Rara vez la sombra se aleja de los cuerpos. Y éso que había comprendido, lo mataba.
Nadie sabría de sus oscuros pensamientos.
La casa se vendió con el mobiliario. Los compradores no pudieron mirar con detenimiento la decena de máscaras que se hallaban colgadas de las paredes. El mal gusto, pensaron, siempre va asociado a precios bajos, y al único fantasma que conocieron fue al vendedor, que nunca volvieron a ver…


El psicólogo




Recoge información. Parte de ella proviene de los gestos. Repasa el día y los quehaceres que le tocan después de hora. Finalmente se atreve a hablar como un viejo cristiano: en parábolas.
Cuando anota la próxima sesión, el hombre se ha perdido por el pasillo. Entre uno y otro tiene quince minutos para deshacerse de la humanidad anterior. Por suerte esa tarea tiene un buen salario.



El chorro


Atrapó la cartera sin que nadie se diera cuenta. La multitud del bar ayudó a que la acción pasase desapercibida. 
“Pocos se fijan en las cosas de otros”
En la intimidad de la noche la abrió esperando como siempre encontrar algo más que documentos, llaves o pañuelos. Sabía que las carteras de mujer esconden siempre algún secreto.
Su alarido se perdió en la soledad de la noche. 

El viento sopló más fuerte, y ella que acostumbraba salir a fumarse un cigarro, siempre antes del postre, la vio llegar sin prisa.
La levantó, cerró el cierre, tiró el cigarrillo ya consumido, y la acarició como se acaricia a un animal satisfecho…



Filósofo



En los amplios esteros de la mente, donde el lobo convive con la oveja y despulga la rata al camello, el hombre piensa el universo desde la extraña lógica de su cuarto.
A medida que genera un pensamiento una nueva celda se construye en el zoológico del mundo.



Genocida I



No se trata de hacer alarde. Lo hecho hecho está; aunque la gente no lo entienda, siempre alguien debe pagar por los platos rotos, de lo contrario no se podrían comprar otros.
El hombre miró el río que lo había vomitado como si se tratase de un pedazo de grasa en mal estado. Nadie lo quería, ni siquiera la muerte que lo condenaba a repetirse.



La tarea de un vampiro


El pequeño Agustín no supo de sustos hasta aquel día. Traspasó la puerta con cuidado, mas por prudencia que por miedo. No creía en aquellas cosas, ni en lo que contaban los chicos en los recreos de la escuela.
En la semi-penumbra del cuarto los objetos languidecen suspendidos en el tiempo; atados por telarañas capaces de vibrar ante el más leve movimiento del aire. 
El cuarto permanece intacto y silencioso, con el espejo del ropero tapado por un paño oscuro e impenetrable.
Por la pequeña hendija se percibe el descenso de las sombras y la hora de la tarde.
-Nadie, dijo, debe contar historias.
Desde hacía varios años frecuentaba la misma escuela. 
Cerró la puerta sabiendo que estaba bien peinado, y que una vez más no precisaba de la vanidad de espejo para reconocer quién era. 
Tampoco tenía hambre y la noche recién comenzaba.


La tarea de un cura



Ramirez es sacerdote de “Alto viejo” en Jujuy. De edad mediana, flaco, espigado, de voz ronca y estilizadas manos. Él sabía llegar a la gente. Los escudaba sin sacarles la mirada de los ojos y luego les hablaba una y otra vez de los hechos de los apóstoles.
“Hay un solo libro imprescindible”, decía en todos los sermones, y es éste, continuaba, mientras lo elevaba hacia el cielo.
La gente de “Alto Viejo” lo admiraba y veía en él todo lo que jamás llegarían a ser.
“Frente a la perfección toda acción humana es un fracaso” le decía a Doña Juana, la abuela más antigua del pueblo.

Afuera, la noche estaba fresca y el viento del este acariciaba la piel sin lastimarla.
Al pie de la quebrada y sin alas yacía Ramirez, con el rostro desencajado y el cuerpo fracturado. A su lado el inseparable libro lo acompañaba.
Hubo desconcierto y pena, duelo y varias hipótesis, pero la verdad es que nunca se supo lo ocurrido. Cada tanto Doña Juana le dejaba allí sobre su tumba un par de flores silvestres y le leía aquellas historias que a él tanto le gustaban; al fin y al cabo ella nunca supo las consecuencias de cambiar un libro escrito por otro vacío….



Del libro: "nunca es tarde" Año 2010, con el pseudónimo de Santiago Redondo, con ilustraciones de Luis Bernardi